“LA MUJER POLICÍA”

VENCIENDO OBSTÁCULOS AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD Micaela Bayer se convirtió en la primera mujer transexual y/o transgénero, en ocupar uno de los puestos donde, hasta hace muy poco, se consideraba que sería más que improbable encontrar a alguien en su situación de identidad de género. Es Suboficial de la Policía Federal y transexual. Parece una contradicción en términos, pero Micaela es quien escribió la carta al Ministerio de Seguridad reclamando la discriminación que sufría dentro de la institución y que tuvo como respuesta de la Ministra Nilda Garré la orden de “reconocer y respetar a las personas de acuerdo a la identidad adoptada”.

Este avance personal y social ocurre en medio del apoyo cada vez mayor que existe para las personas transexuales y/o transgénero de parte de los funcionarios, de la prensa, así como entre la población argentina en general, fortalecida por la recién aprobada Ley de Identidad de Género en Mayo de este mismo año. El padre de Micaela, Marcos Bayer, también era policía, pero ella no llegó a conocerle. Nació ocho meses después de que el falleciera. Corría el año 1977. El apellido de los caídos en servicio suele ser un pasaporte para que los hijos entren más rápido en la institución. Cuando se presentó al cuepro, veinte años después, tenía el pelo largo y porte andrógino. “Lo hice, explica ahora, a punto de cumplir quince años de trabajo en la policía, ante la pregunta sobre cómo se me ocurrió meterme nada menos que en una institución famosa por hostigar a las travestis. Siempre usaba algo de ropa o accesorios con un ligero toque femenino. Pero apenas entré me cortaron el pelo. Tuve una larga etapa de negación. Tampoco tuve opción a baño propio”.

En las discotecas, cada vez que se cruzaba con una chica trans sentía que ese era su mismo camino. Conoció a un grupo de chicas de Lanús, su barrio natal, que se juntaban los sábados para ir a bailar. Contactó con ellas, compró una peluca y sus primeras prendas de vestir en el barrio de Once. “Agarré un camisón, lo doblé y lo convertí en falda. Tenía unas sandalias del número 40, aunque yo calzaba el 42. “Zona X”, en Suipacha, fue el primer local al que asistí, para que no me viera ninguno de mis compañeros. Después me animé a pasarme por “América”… y después que me vio uno, me vio otro… y así tomé una determinación: empecé a hormonarme (me crecieron los pechos) y me hice una depilación definitiva del cuerpo con láser. Fui de poco a poco, para que mi cuerpo se adaptara paulatinamente y de esta forma no resultara tan chocante para mis compañeros. Me lo tomé como una segunda adolescencia”.

Con su credencial con nombre masculino era imposible comprar los medicamentos ginecológicos que necesitaba. Incluso cuando sintió que necesitaba ayuda psicológica, desistió de la obra social: ahorró dinero y se pagó una atención particular en el Hospital Durand. La diferencia entre su identidad y el nombre que figuraba en su documento, le condujo a los mismos problemas que a cualquier otra trans, aunque su condición de “camarada de armas” le daba cierta ventaja con respecto a otras chicas.

Los problemas aún no han terminado pero la decisión de Micaela le ha ido abriendo camino, a ella y al colectivo trans argentino. Micaela se ha convertido, además, en todo un referente para los gays y lesbianas que viven entre “el closet” y la pesadumbre de la discriminación policial, con el maltrato rotundo e impune por su condición. Un claro ejemplo de que se puede resistir y salir adelante. “Algunos se marchraron de la policía por el acoso”, explica uno de sus compañeros de trabajo. “Escriben insultos en las taquillas, te cambian la cerradura del candado para que no puedas abrirlas y sacar tu ropa… cuando te vas a duchar, todos salen de los baños. No puedes declarar que tienes pareja gay. Cuando tienen que identificar a las personas, al hombre que le gustan los hombres le consideran que no es hombre. A su vez, a Micaela, que se sintió mujer siempre, le significaban en todo momento que era hombre. En defintiva, agredir por el placer de agredir, de forma gratuita”.

Como suele ocurrir prácticamente en cualquier lugar, la lucha se centra en el reconocimiento de la validez del verdadero género de las personas trans en igualdad de condiciones, con el género de las personas “cis” o no-trans. “Muchos compañeros, explica Micaela, me decían que me iban a seguir llamando por el nombre de varón hasta que en los papeles figurara otro diferente. Incluso algunos que me conocieron después de la transformación, insistían en llamarme por el nombre masculino. Ahora, acatando las nuevas leyes, me van a tener que llamar con el nombre que elegí, obligatoriamente.” Desde el Ministerio confirmaron que su nuevo jefe iba recibirla con el nombre que le identifica. Y eso, es todo un logro personal.

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