FLORES EN EL FANGO

RETRATO DE UNA OBSESIÓN Diane Nemerov nació en el seno de una familia judía que le ofreció una infancia privilegiada transcurrida entre Park Avenue y Central Park. Con trece años tan solo, conoció al que sería su marido, Allan Arbus, empleado del departamento de publicidad de la tienda de sus padres (dedicados al negocio de la moda) y con el que contrajo matrimonio cinco años después, recién cumplidos los dieciocho. Tras la Segunda Guerra Mundial, la pareja se especializó en la realización de trabajos fotográficos en estudio. En 1955, una de sus fotografías fue incluida en la célebre exposición de Edward Steichen en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). A partir de ese momento, Arbus desarrolló un pensamiento visual único sobre la apariencia y la identidad. Diane abandonaría la moda para desarrollar su carrera artística en solitario, que le encumbraría dentro de la Historia de la Fotografía.

Su trabajo no comercial centrado en personas anónimas, marginales o “extrañas”, fue premiado con la beca Guggenheim en 1963 y 1966. En 1962, conoce a John Szarkowski, nuevo comisario de fotografía del MOMA, con quien construyó una nueva corriente estética de la fotografía, homóloga al Nuevo Periodismo de Norman Mailer y Tom Wolfe. “Lo que más me gusta es ir donde nunca he estado”, solía decir. Popularmente conocida como fotógrafa de gente extraña y monstruosa, a menudo se le ha considerado solo por esta faceta “antropóloga de la imagen” y se subestima la importancia que tuvo en varias generaciones posteriores de fotógrafos y reporteros gráficos. Una forma de expresar, conmovedora y profunda.

Mujer solitaria, se sintió cada vez más atraída por aquellos que estaban tan solos como ella. A partir de la década de los 60’s e influenciada por la fotógrafa austriaca Lisette Model, Arbus empieza a dedicarse cada vez más a su obra personal. Fue en 1967 cuando Szarkowski decidió mostrar el trabajo de Diane, en la exposición “New Documents”. En julio de 1971, con 48 años de edad y en el climax de una depresión severa, Diane decidió acabar con su vida. Un año después de su muerte, el MOMA organizó una retrospectiva de su trabajo, que se convirtiría en la exposición más vista en la historia del museo hasta entonces. De hecho, el catálogo de la muestra es aún hoy uno de los best-seller de la librería del museo. Posteriormente y en el mismo año se exhibieron diez ampliaciones de sus fotos más impactantes, en la Bienal de Venecia. Imágenes que capturó con una muy particular visión, logrando mostrar otro punto de vista en cuanto a la belleza y la estética: “Enanos, travestis y discapacitados” o “el desprecio que la humanidad siente por la imperfección mental o física”. Fue sin duda, la fotógrafa de lo bizarro. Alrededor de 250.000 personas acudieron a ver la exposición tan sobrecogedora.

Diane consiguió fotografiar lo turbador de la condición humana en cualquier individuo, al otro lado del glamour que producía el papel couché de las revistas y magazines como Esquire, Vogue o Harper’s Bazaar, para las que durante años colaboró. Siempre se sintió y se reconoció incómoda con su posición privilegiada. Quizás por eso su obra es una constante instantánea de rostros inquietantes, que hace nacer el desasosiego en aquel que la contempla. La expresión más profunda y conmovedora del alma fue su rasgo característico. Una de esas personas que dificílmente pudo generar indiferencia. El viaje a lo más sórdido y oculto de una sociedad cruel, que en escasas ocasiones podremos referir con estos términos y en otros fotógrafos. No hay situaciones idílicas, no existe el encanto. Puede que en ese punto radique la magia que Diane generó con su forma de perpetuar la “cotidianidad terrenal y desgarradora”.

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Diane Arbus fue una artista extremadamente sensible. La influencia de libros como “Alicia a través del espejo” y películas como “Freaks”, se refleja en su obra. Para ello eligió como modelos a personas marginales: gemelos, enfermos mentales, enanos y gigantes, familias disfuncionales, “fenómenos” de circo, etc. Su mirada siempre directa, con tensión y fuerza. Sus personajes se enfrentaban directamente a la cámara, revelando sus obscuridades. La intención de Diane fue producir en el espectador una mezcla de temor y vergüenza. Buscó un mundo en la realidad que pareciera fantástico,  sobrenatural… y lo encontró.

Durante la década de los 60’s, Diane recorrió los barrios de Nueva York, buscando a sus modelos. Cuando expone “New Documents” aún continúa trabajando para las revistas, retratando a celebridades como Norman Mailer, Mae West o el mismísimo Borges. Fueron años complicados. Arbus ya no podía resistir más, sintió un inmenso dolor y vacío provocado por una catarsis emocional y sexual que le consumía por completo desde hacía años. Se suicidó en el verano de 1971 como resultado del estalllido de una larga y traumática depresión. Tras su muerte, el explendor y la gloria. Su trabajo alcanzó de forma póstuma el reconocimiento internacional de la profesión. Demasiado tarde para Diane.

Travestidos, transformistas, transexuales y transgéneros nos miran desde las instantáneas, convencidos de sí mismos. Arbus supo recoger a la perfección esa “dignidad” que querían ostentar o aparentar. En el cine no encontraremos un tratamiento semejante ni en “las faldas” de Billy Wilder, ni en “Tootsies” improvisados, ni mucho menos en las “tías de Carlos” o carnavales similares. Ese es un brillo que sólamente se supo reflejar en films pioneros como “Glenn or Glenda” del obseso Ed Wood o “The case of the male female” de Barton McGuajam, y como gran exponente, Jackie Monamour, el gran actor/actriz que consiguió que se le valorara por su trabajo interpretativo, antes que por el enigma de su género. Arbus fue la primera artista que supo aproximarse a la vida diaria de transgéneros en sus propios espacios, mostrándose como parte posible e integrante de la sociedad y sin ningún tipo de afectación. Ella supo adelantarse a la explotación actual de la figura del transformista en clave intimista, como si de ritos sociales , ceremonias y máscaras, se tratara. Para Diane Arbus lo más valioso no era la fotografía en si misma, sino el proceso, la experiencia. La fotografía era tan solo el resultado, aquello que recibía como premio después de una aventura. Le interesaban los seres humanos, iba a su encuentro, buscaba lo que guardaban en su interior. “La fotografía es un secreto que habla de un secreto. Cuanto más te dice, menos lo entiendes”, decía.

Ahora ya no estás,
te negaste a seguir jugando el juego de los adultos
en el que, manteniendo el equilibrio en la cima que corona la oscuridad
se sigue corriendo sin mirar abajo
y nunca se salta por temor a caer [Howard Nemerov, 1971 – Poeta y hermano de Diane Arbus]

Imágenes/Slideshow: Diane Arbus © Diane Arbus. Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA).  

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