LA TRANSEXUALIDAD SEGÚN BAUDRILLARD

TODOS SOMOS TRANSEXUALES EN UNA ERA TRANSEXUAL El cuerpo sexuado está entregado actualmente a una especie de destino artificial. Y este destino artificial es la transexualidad. Transexual, no en el sentido anatómico, sino en el sentido más general del travestismo, del “juego de la perfección” sobre la conmutación de los signos del sexo y por oposición al juego anterior de la diferencia sexual, del juego de la indiferencia sexual, indiferenciación de los polos sexuales e indiferencia al sexo como goce. Lo sexual reposa sobre el goce (es el leitmotiv de la liberación) y lo transexual reposa sobre “el artificio”, sea éste el de cambiar de sexo o el juego de los signos indumentarios, gestuales, característicos de los travestidos. En todos los casos, operación quirúrgica o semiquirúrgica, signo u órgano, se trata de prótesis. Y cuando como ahora el destino del cuerpo es volverse prótesis, resulta lógico que el modelo de la sexualidad sea la transexualidad y que ésta se convierta por doquier en el lugar de la seducción.

“Todos somos transexuales. De la misma manera que somos potenciales mutantes biológicos, somos transexuales en potencia. Y ya no se trata de una cuestión biológica. Todos somos simbólicamente transexuales”.

Se podría hablar también del travestismo de la estética, del que Andy Warhol habrá sido, sin duda, la figura emblemática. Andy Warhol fue un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto y universal del arte, de “una nueva estética” para después convertirse precursora de “todas las estéticas”. Un personaje completamente artificial, también inocente y puro, un andrógino de la nueva generación, una especie de prótesis mística y de máquina artificial que, por su perfección, nos liberó tanto del sexo como de la estética. Cuando Warhol dijo “todas las obras son bellas, sólo tengo que elegir, todas las obras contemporáneas son equivalentes”; o cuando afirmaba que “el arte está en todas partes, así que no existe, todo el mundo es genial, el mundo tal cual es, en su misma banalidad, es genial, nadie puede creerlo”, describía la configuración de la estética moderna, que es de un agnosticismo radical. Todos somos agnósticos, o travestis del arte o del sexo. Ya no tenemos convicción estética ni sexual, sino que las profesamos todas.

El mito de la liberación sexual permanece vivo en la realidad bajo muchas formas, y sin embargo, en en lo imaginario domina el mito transexual, con sus variantes andróginas y hermafroditas. Después de la orgía, lo más kitsch del travestido. Después del deseo, la expansión de todos los simulacros eróticos, embarullados, la transexualidad en toda su gloria. Pornografía postmoderna si cabe, en la que la sexualidad se pierde en el exceso teatral de su ambigüedad.

Las cosas han cambiado mucho desde que sexo y política forman parte del mismo proyecto subversivo: si Cicciolina pudo ser elegida diputada en el Parlamento italiano, es precisamente porque lo transexual y la transpolítica coinciden en la misma indiferencia irónica. Esta performance, inimaginable hace sólo una par de décasdas, habla en favor del hecho de que no sólo la cultura sexual sino toda la cultura política ha pasado al lado del travestismo. Esta estrategia de “exorcismo del cuerpo” por los signos del sexo, de “exorcismo del deseo” por la exageración de su puesta en escena, es mucho más eficaz que la tradicional y obsoleta represión por la prohibición. Pero al contrario de la otra, ya no se acaba de ver a quien beneficia, pues todo el mundo la sufre indiscriminadamente. Este régimen de lo travestido se ha vuelto la base misma de nuestros comportamientos, incluso en nuestra búsqueda de identidad y de diferencia. Ya no tenemos tiempo de buscarnos una identidad en los archivos, en una memoria, ni en un proyecto o un futuro. Necesitamos una memoria instantánea, una conexión inmediata, una especie de “identidad publicitaria” que pueda comprobarse al momento. Así, lo que hoy se busca ya no es tanto la salud, que es un estado de equilibrio orgánico, como una expansión efímera, higiénica y publicitaria del cuerpo, mucho más, una performance que un estado ideal. En términos de moda y de apariencias, lo que se busca ya no es tanto la belleza o la seducción, como el look.

Cada cual busca su look. Como ya no es posible definirse por la propia existencia, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no “existo, estoy aquí”, sino “soy visible, soy imagen – ¡look, look!”. Ni siquiera es narcisismo sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria de sí mismo en la que cada cual se convierte en empresario de su propia apariencia.

El look es una especie de imagen mínima, de menor definición, como la imagen de vídeo, de imagen táctil, como diría McLuhan “que ni siquiera provoca la mirada o la admiración, como sigue haciendo la moda, sino un puro efecto especial, sin significación concreta”. El look ya no es la moda, es una forma superada de la moda. Ni siquiera se basa en una lógica de la distinción, ya no es un juego de diferencias, juega a la diferencia sin creer en ella. Es la indiferencia. Ser uno mismo se ha vuelto una hazaña efímera, sin mañana, un amaneramiento desencantado en un mundo sin modales…

Retrospectivamente, este triunfo de lo transexual y de lo travestido arroja una extraña luz sobre la liberación sexual de las generaciones anteriores. Dicha liberación, lejos de ser, de acuerdo con su propio discurso, la irrupción de un valor erótico máximo del cuerpo, con asunción privilegiada de lo femenino y del goce, sólo habrá sido quizá una fase intermedia en el camino de la confusión de los géneros. La revolución sexual quizá sólo habrá sido una etapa en el camino de la transexualidad. En el fondo, es el destino problemático de toda revolución.

La revolución sexual, al liberar todas las virtualidades del deseo, lleva al interrogante fundamental “Soy un hombre o una mujer?” (por lo menos, el psicoanálisis habrá contribuido a este principio de incertidumbre sexual). En cuanto a la revolución política y social, prototipo de todas las demás, habrá conducido al hombre, dándole el uso de su libertad y de su voluntad propia, a preguntarse, según una lógica implacable, dónde está su voluntad propia, qué quiere en el fondo y qué tiene derecho a esperar de sí mismo, probablemente, un problema insoluble. Ahí está el resultado paradójico de cualquier revolución: con ella comienzan la indeterminación, la angustia y la confusión. Una vez pasada esta “orgía de identidades” la liberación habrá dejado a todo el mundo en busca de su identidad genérica y sexual, cada vez con menos respuestas posibles, dada la circulación de los signos y la multiplicidad de los tipos de placeres. Así es como todos nos convertimos en transexuales. De la misma manera que nos hemos convertido en transpolíticos, es decir, seres políticamente indiferentes e indiferenciados, andróginos y hermafroditas, hemos asumido, digerido y rechazado las ideologías más contradictorias llevando únicamente una máscara, y transformándonos en nuestra mente, sin saberlo quizá, en travestis de la política.

Texto extraído del libro “La transparencia del mal” (Ensayo sobre los fenómenos extremos), Jean Baudrillard, Págs. 26/31. 

Editorial Anagrama, Barcelona, España, febrero 1991.

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