CIBELES, PARADIGMA DE UNA RELIGIÓN

transsocialmedia LA CIBELES

LA MISTERIOSA ATRACCIÓN DE “LA CIBELES” Una de las estampas más célebres de la ciudad de Madrid, es la de la fuente dedicada a Cibeles. Sin embargo, pocos identifican a esta diosa como lo que es: la diosa Frigia identificada con la “Madre Tierra” y cuyo equivalente en otras religiones podría ser la diosa Gea griega, la minóica Rea o la romana Magna Mater, la personalización de “lo femenino”. Deidad de la vida, la muerte y la resurrección, el culto a su amante Atis sería introducido más tarde en la propia historia mitológica. Adorada desde tiempos neolíticos en Anatolia, estaba asociada con la fertilidad de la tierra y con la naturaleza en general, especialmente con las montañas y cuevas. También con las murallas y con cierto tipo de animales como los gallos, patos, ocas, pavos reales, abejas, etc. En este sentido, uno de los títulos que ostentaba era el Cibeles-Rhea la “Reina de las Aves” o “Señora de los animales” y siempre representada portando una corona en forma de muralla y escoltada por leones.

Una diosa que está ahí, en el mismísimo centro de Madrid, no por el deseo de los Austrias imperiales – que hubiera sido lo correcto – sino por la voluntad de un rey culto y napolitano como Carlos III, lo que no deja de tener su lógica, puesto que los Austrias llegaron de la “niebla” del norte, mientras que el Borbón Carlos III llegaba del mismísimo Mare Nostrum. De esta forma, La Cibeles se mudó de Atenas a Madrid tras hacer escala durante unos siglos en Roma, “entronizada” por el Emperador Claudio, gracias al cual, pasó a formar parte de la religión oficial del Gran Imperio. A Cibeles, en Grecia, se la consideraba “madre de todos los dioses”. Su historia no oficial es bastante curiosa. Hay que decir que Cibeles nació hermafrodita, lo que le ocasionaba una gran desazón. Y fue tal el caso, que optó por la castración para llegar a ser como hoy la conocemos, una diosa. Cibeles fue una adelantada del transgenerismo y la transexualidad en el mismísimo Olimpo. El reverenciado poeta Gayo Valerio Catulo no dejó de cantar los atractivos de la diosa que llevaron al joven Atis, en su delirio amoroso por ella, a la locura y la muerte. Con esta referencia no es de extrañar que los sacerdotes de Cibeles, los llamados galos (*) fueran eunucos. (Aclaremos, entre paréntesis, que estos galos, en principio, no tienen relación con aquellos de la Galia…). Así que… la capital de España se encuentra rendida a los pies de la, en cierto modo, diosa transexual Cibeles. Puro paganismo, verdad?. Curioso; en una  cultura futbolera eminentemente homofóbica y trasnfóbica como es la que practican los seguidores “ultras” del Real Madrid, sus más “machitos” representantes ignoran muy probablemente a quién rinden los trofeos ganados de sus campeonatos y ligas. De esta forma, se cierra la singladura de la crónica del descubrimiento, tras veinte siglos de existencia. La “Villa y Corte” de Madrid es gentil, idólatra y pagana, femenina y… transexual.

“Hermafrodita dormido”, copia romana del original griego esculpido a la diosa Cibeles
(El Louvre de París)

De cualquier manera, pasemos página anecdotaria. Este Madrid que ha vuelto a ser, al cabo de los siglos y a un tiempo, capital de las Américas y las Europas, se postra ante todo un milagro. Un milagro, démoslo por seguro, de la diosa Cibeles, de nuestra diosa hermafrodita, la diosa de la mezcla, de lo mixto, de lo mestizo, de la tolerancia y pluralidad. Mitología en estado puro. Cosas así, deben hacernos sentir aún más orgullosas a la Comunidad Trans femenina. Reventando la CULTURA (en mayúsculas o sin ellas) nos acercamos a la sociedad, mucho más de lo que nos imaginamos…

Según los antiguos relatos míticos, Agdistis, personaje hermafrodita detrás del cual se escondería la personalidad de Cibeles, sentía un amor apasionado por el joven pastor Atis. La semilla de la que había nacido Atis, era una almendra del árbol que brotó del miembro de Agdistis (cortado por los dioses), y al castrarle, se convirtió en mujer. Por este motivo, Agdistis era el padre de Atis pero, siendo ya sólo hembra, se enamoró del muchacho cuando este creció, convirtiéndose en un efebo extraordinariamente hermoso. Atis fue amado por Agdistis y enloquecido por ella. En pleno éxtasis de locura emocional y casi orgiástica, el joven se castró de forma repentina, causándose la muerte inmediata. Sin embargo, Agdistis-Cibeles vio a bien resucitarle y llevarle para siempre con ella. El poeta latino Ovidio ofreció una versión distinta de la leyenda de Cibeles y Atis. Según éste, Atis era un bello joven de los bosques de Frigia del que se enamoró apasionadamente la diosa Cibeles, quien decidió que el joven tenía que amarla con un amor casto y puro. De esta forma, le convirtió en guardián de su templo para ligarlo a ella para siempre y le puso como condición que mantuviera su virginidad. Sin embargo, se dejó seducir y amar por la ninfa Sagaritis. Cibeles, indignada, provocó la muerte de la ninfa. Atis enloqueció y en una crisis violenta, se automutiló. Ya castrado, la diosa le volvió a aceptar a su servicio, llevándole con ella en su carro tirado por leones.

Cibeles y Atis – (Roma 295)

(*) Galo, en latín, galli, eran en la antigua Roma los discípulos o seguidores castrados de la diosa Frigia Cibeles, siempre vestidos como mujeres, que serían considerados como transexuales en lo que sería la terminología actual. Los galos de Cibeles eran similares a otras escuelas de sacerdotes y sacerdotisas de Asia Menor que los autores antiguos describían como eunucos, como los sacerdotes de Atargatis (o la Madre) descritos por Apuleyo y Luciano, o los “galloi” del templo de Artemisa, en Éfeso. Según la historia, se emasculaban durante el furor orgiástico, acompañados por música de flautas, cómbalos, frigias y tímpanos, estos iniciados entraban en una situación de delirio y desenfreno que terminaba con la castración completa. Por este motivo se trataba de un culto propio, sobre todo, de los inmigrantes orientales del imperio de los primeros tiempos. La república acabó por prohibir esta práctica que el derecho romano castigaba duramente. Los galos llegaron a Roma cuando el Senado adoptó oficialmente a Cibeles como una diosa estatal en el 203 (a. C.). Hasta el siglo I, los ciudadanos romanos tenían prohibido hacerse/ser galos. Fue bajo el mandato de  Claudio cuando la prohibición se levantó. Una vez legalizado, en las grandes ciudades se designaron archigalos oficiales para el culto a la diosa y el emperador encabezaba la jerarquía asistido por los quindecemviros.

La estructura de la casta sacerdotal estaba muy diversificada, haciendo del culto y la religión de Cibeles uno de los más desarrollados en la era clásica romana. Cuando Claudio oficializó estas fiestas definitivamente, las trasladó al mes de Abril, momento en que pasaron a ser conocidas como Megalesias. Existía además de estas grandes liturgias públicas, un culto esotérico de rito secreto en el que se sacrificaban toros y corderos. Pese al intento neoplátónico por renovar la doctrina relacionada con Cibeles, el culto a esta diosa decayó súbitamente a partir del siglo IV (d. C.) en contraste con la extraordinaria popularidad de la cual había gozado durante tanto tiempo. Cibeles contaba en la antigüedad con infinidad de santuarios convertidos en oráculos en los que residían las Sibilas. Éstas permitían a los sacerdotes de la diosa la adivinación del futuro. Las Sibilas eran voces consideradas incorpóreas, atemporales, que el antropomorfismo grecolatino encarnó en forma de “profetisas”, asociadas al culto de Cibeles.

 Sacerdote galli de Cibeles

La diosa Cibeles, tal como Virgilio relató en su obra “La Eneida” habría protegido las naves del Príncipe Eneas en su huida desde Troya a Italia, siendo adoptada por el propio Augusto como protectora en sus empresas en Hispania. Augusto, que sentía por ella una especial veneración, determinó la presencia de la diosa protectora de Roma en los nuevos enclaves urbanizados por él en la península. Se ha podido confirmar arqueológicamente la presencia de santuarios a Cibeles, extramuros de ciudades y castros de época altoimperial. Es difícil encontrar más información sobre todos ellos, dada la persecución a la que se enfrentaron los seguidores de Cibeles y otras deidades paganas tras el edicto teodosiano del año 391. Todos sus templos fueron destruidos, con órdenes de no ser reconstruidos jamás, a diferencia de la costumbre habitual de convertir lugares religiosos no cristianos. Como resultado, los únicos registros que se conservan de los galos vienen de historiadores y archiveros de difícil acceso. La precisión de tales registros es con frecuencia dudosa, debido a los prejuicios de género de casi todos los escritores antiguos. Jerónimo de Estridón creía que el nombre fue puesto por los romanos como señal de su desprecio por el pueblo galo. Sin embargo, en este punto, “gallus” habría sido tomado prestado de Asia o Grecia, donde significaba eunuco. En el mes de Marzo se celebraba la fiesta de Cibeles y los galos llevaban su imagen en procesión por las calles de Roma, acompañados de músicos, mientras daban terribles alaridos. Era costumbre entre los romanos dar a estos sacerdotes como limosna una moneda llamada “stips”. Los galos se castraban voluntariamente y habitualmente durante una celebración extática, llamada “Dies Sanguinis” (o Día de la Sangre), que se celebraba el 24 de Marzo.

Las obras de la fuente de La Cibeles comenzaron en Madrid en 1780, encargándose de su realización los escultores Francisco Gutiérrez y Roberto Michel, así como el adornista Miguel Ximénez. Es el estilo de la historia esculpida en mármol de Montesclaros, consiste en un gran pilono circular sobre el que se sitúan unas rocas que hacen de soporte al carro de la diosa, que está tirado por dos leones (posible eufemismo de efebos homosexuales?). Sentada en el carro aparece la diosa Cibeles vestida con un manto. En la mano derecha sostiene un cetro, símbolo del poder Universal, mientras que con la izquierda muestra las llaves de la Ciudad.  La mayoría de la obra fue realizada por Francisco Gutiérrez, mientras que Roberto Michel se encargó de realizar los leones y parte del carro y Miguel Ximénez completó la ornamentación general. Por último, a instancias de Juan de Villanueva, Alfonso Giraldo Vergaz implementó la decoración con las figuras de un dragón y un oso, de cuya cabeza salían dos surtidores de agua potable y que posteriormente fueron retirados a mediados del siglo XIX.  Las obras finalizaron en 1792, situándose en un principio a la entrada del Paseo de Recoletos, mirando hacia la Plaza de Neptuno. Allí estuvo Cibeles hasta 1895, cuando, con motivo de la ordenación de la glorieta de Emilio Castelar, fue trasladada a su emplazamiento actual, frente al antigua “Casa de Correos” (hoy Sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid), enfrentada al edifico del Banco de España y la Capitanía General del Ejército.

Lamentablemente, a lo largo de su historia, este símbolo ha sido objeto de numerosos actos vandálicos, que la han ocasionado importantes desperfectos; en 1841 fue robado el cañón de bronce que asomaba por la boca del oso, costando su reparación 1.800 reales. En 1931 fue arrancada su mano izquierda, y posteriormente, durante la Guerra Civil, hubo de protegerla mediante una compleja obra de ingeniería, después de que durante un bombardeo se dañara su brazo derecho y nariz, así como en el morro de uno de los leones. Su última conversión como “musa futbolera” desde hace no más de un par de décadas, está ocasionando graves desperfectos en la escultura, que incluso en varias ocasiones ha llegado a ser mutilada o teñida de pintura fosforescente (y eso que la adoran!!, si supieran la realidad…).

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